CORAZON DE POLLO
MARIA ANTONIETA
DOMINGUEZ
Lanzada por las continuas miradas a la hora del recreo, un día sostuvo los libros
y la sorprendió un beso. El primero. Tenía quince años. Regreso a su casa como
si viviera en otro mundo. Acabaron sus problemas. No pelea con las hermanas y
es buena con los padres. Ha encontrado un lugar en donde vivir y ser feliz.
El asunto del lugar en donde vivir y ser feliz dura unas
semanas. Inesperada lucha deportiva corta su destino. Estaba muy segura. Queda
esperando cartas o noticas de su vuelta. No llegaron. Conoce un miedo nuevo.
Hace o puede deshacer las cosas. Ya no piensa de si mismo por si mismo, se
piensa como se piensa, piensa el otro. De amarse paso a no amarse.
El espejo cobra importancia, denuncia cambios. “¿Serán sus
cejas tan pobladas?” Siendo bonita no refleja tan bonita. Pleito con las
hermanas y sus padres han cambiado. Como poco. Las nuevas cejas despobladas
enojan a toda la familia. Amenazan errores en el camino. Los hombres e hunden
llevándole alientos y palabras, síntomas de mala salud o corazón de pollo dice
el abuelito.
Una mañana dispuesta a no despertar más, llega la voz del
ausente. El “bueno” incendia sus ojos, saltan festivos. Regresan días
conocidos. El otro mundo se apodera, brilla sus cabellos y al espejo regresa un
rostro muy querido. Tregua familiar. Es bonita, para ser perfecta solo falta
ser famosa. “Mañana regreso a la escuela, pido perdón a mis maestros y estudio
tenaz.”
La cita es al oscurecer, en el parque de los colorines.
Mientras consume las horas, evoca a su perro muerto, una pulsera que perdió en
el mar y las cenizas de su abuelita, reposan en providencia. Sorpresa de
sentirse sola estando la familia en casa. “No llegaron cartas ni noticias de su
vuelta” Por la tarde baila; baila tanto que una antigua nostalgia a punto la hace
olvidarse del campeón. ¿Por qué mama no me deja ser bailarina? “Ser, ser, seré
esposa y mis niños tritones”.
Inquietudes graves. El de la cita no aparece. La espera
cancela la esperanza, las cartas no se perdieron en el camino. El crepúsculo
decolora el satinado de sus ojos verdes. Se miran grises. “¿Y si oculta el
vuelo de mi nariz?”
Lo escucha venir por la yerba. “Me dejo caer en sus brazos
desmayada y reposo allí, dormida”. La banca es dura. Los arrumacos del tritón
forzudos. Hace amagos. Juro a sus padres conversarse inviolada. “Si tropiezas
no hay boda y tendrás que trabajar o aprender bien las matemáticas.” Deplorable
porvenir.
Las manos frías advierten que algo cambió. Todo cambió.
“Pudiste saber que no estaba muerto por las letras de la imprenta, circulaban a
diario con mis triunfos” “Una tarjeta postal para que supieras que yo aún
vivía”. El ríe a un silencio que engulla
lágrimas sin ruido. Parten por distintos caminos. Entrena para los mundiales.
Bajo lámparas eléctricas, que iluminan guantes, paraguas,
baratijas, cosas que se rompen o se acaban, observa un reloj, le recuerda el
mediodía. Las horas se vuelven una larga. Vive el embrollo del pasado a medias.
Fue dificultoso. La muñeca de rizos negros nunca llego. Antiguas tías auguraban
mal destino por correr en la bicicleta de su hermano. Atardeceres quietos;
sonrisas de sus padres a destiempo. Olvido de un cuaderno, late fuerte
sentencia estéril. A la Memoria así borra un rostro de maestra inquisidora. El
año quebrado. Los dulces de lecha ya no saben a canela.
Sin levantar la cabeza lo decide o es como uno quiere o no
se acepta. El embrollo se completa. Muchos piensan las cosas no están mal.
Un cortejo triste y delictuoso. Los padres mostraban
sorpresa y sus caras eran de marfil. No entendían. Tampoco los hermanos. Ni los
que leyeron la noticia. El abuelo resignado dilucida; no saben esperar y son
asustadizos, por eso en provincia les llamamos corazón de pollo.