GUMARO ENCINAS
Historia Original de
mi abuelita, María Antonieta González Domínguez
Es un mal. Nacer hijo de campesino es un mal. Quiere decir
que tu viejo fue usado y la vieja aguanto mucho. No tenían voluntad. Aceptaban
mensamente vivir en el descontento. Con el chorro de hijos hambrientos se
volvieron mansos y asustados. De once hubo seis entierros. Fuimos a la escuela
rural. La maestra era borracha, que lo fuera, pero ese asunto de aprender par
ser agradecidos nunca me gusto.
Mis hermanos se urgían con los libros, queriendo salir de
pobres. Me dieron lastima; con tanto desocupado en el pueblo nomas mirando el
reloj de la plaza esperando un milagro, de que iba a servirles la escuela. Yo
me Salí al cuarto año pues el viejo se puso en junto y tembloroso, tuve que
ayudarle. No quería que dejáramos la tierra. Se pasan hambres le daba por
decir, pero no es culpa de la tierra y se callaba sin hallar a quien culpar.
Asi se resigna uno. La vieja también, obediente se resignaría, parecía una
perra flaca recién parida y solo mostraba emoción al pensar que nos fuéramos de
su lado. Se acostumbró aguantar el hambre sin enseñar los dientes; cuando la
cosecha era buena , nos compraban ropa que siempre acabo en remiendos.
Yo detrás de la yunta me sentía solo. Debe haber sido el
descontento. Así empieza, tempranito, un sentir de que se está muy solo y
esperando algo que no llega. Me agarro una tarde sentados afuera del jacal
viendo el sol desaparecer. Ninguno hablo. El hablar traería quejas, por eso éramos
tan mudos. Mire a la familia malgastada y triste. El padre bueno como los
bueyes que jalan la yunta fijaba los ojos igual que mi madre en la distancia,
largo rato; con un suspiro, se tendrían en el suelo a dormir. La parcela no daba
pa tantos. Comencé a odiar las madrugadas. Sintiendo que fuera muy grande
dominaba la vida de todos. Nunca tuve amor por la tierra, era de resignarse a
vivir con hambre y ver a mis hermanas disimulando su vergüenza, llena de miedo,
los ojos pelones de antojos en el pueblo.
Yo también silenciando los
de hacerme hombre para no acabar como los bueyes que jalan la yunta,
aguantador y quieto. Andaba en los quince años. Aquel día hubo una fiesta en la
escuela. La maestra llego borracha, se orino a medio patio y dijo que nos fuéramos
a la chingada todos. Que ya no enseñaba más. Las muchachas pa el burdel y los
muchachos a ser capones. Que si Juárez hubiera valido algo, no estaríamos tan
jodidos. Insulto al Gobernador y a cuanto político se decía hombre en este
país. Yo me le acerque para que me explicara las cosas dichas y me contesto:
vete con Gudilio, ese si es el hombre: pero lo va a matar el Gobierno, no lo
quiere vivo: Luego echo de gritos: ¡Gudilio! ¡Gudilio Zamora! ¿Dónde andas? A mí
me gusto que una vieja llorara tanto por Gudilio Zamora y le dijera hombre. Me emborrache
con ella.
A la mañana siguiente me sentí más solo que nunca. Salí de
huidas pa el pueblo. A los seis días de no comer me dieron trabajo en un
aserradero escondido. Nos pagaban por meter madera robada en las noches. Rapa
montes le decían al dueño y los centavos eran buenos. Compre mis primeros
zapatos, pronto le agarre el gusto a no andar descalzo. Si la yerba no había de
crecer pa que yo tuviera zapatos, pos que no creciera. Entre más centavos
ganaba más enojado me ponía acordándome de mis hermanos. Al año los fui a ver.
Cargaba dinero. Mejor no hubiera ido. Sentí que la fuerza extraña nos dominaba
otra vez. El pantalón de mezclilla y
algunos billetes que nunca habían visto hicieron que se soltaran en risas
nerviosas, como si no fueran mis hermanas. Huían a esconderse. Parecían tontas.
Mi madre cacheteando tortillas, con la cara seca, no volteo cuando entre. Mi
hermano, serio, no levanto la cara del piso para verme. Llego el padre, ya me
sentían desconocido. “No queremos tu dinero” - me dijo –“Eres un ladrón, yo no te enseñe a
robar”. Yo le di razones_ las que le escuche al patrón – que el gobierno era más
ladrón y que nadie ayudaba a nadie. Le agregue de mi parte lo de la injusticia
y que las cosas no estaban bien. El me contesto – que si el gobierno era ladrón,
lo pagarían con su conciencia y que si las cosas no estaban bien es porque yo
no sabía conformarme: Me puso de ejemplo a mi hermano, que seguía con los ojos
fijos en la tierra: Le requerí por las muchachas. Serán buenas mujeres como su
madre, respondió. Yo le dije que los tiempos cambian y que hay mucho inconforme
que hace mal marido, se siente una fuerza en el aire que nos domina. En la
carretera, uno ya no puede andar doblegado. Me miro sin convencimiento y siguió
hablando. Su padre estuvo en la lucha por cambiar las cosas y no cambiaron.
"Sufrir no es malo, hay peor cuando se conoce a los hombres” – repitió sin
animo. Yo me disculpe y les dije que se olvidaran de mí, para eso mi vida era mía.
Mi madre nos miró compadecida. Mis hermanas tenían los ojos vacíos. Mi hermano
me pidió que saliera, que el entendía lo que me puso el alma tan revuelta y que
el dinero no me lo iba a curar. La maestra tuvo razón – estamos muy jodidos,
pero no es culpa de ser campesinos – repetia lo de la tierra es buena, sin
hallar a quien culpar.
Yo volví al aserradero. Al patrón le daba mucha risa que le
echaran a la guarnición pa obligarlo a respetar al gobierno. Nos dobló el
sueldo y nos puso un arma en la mano. “Vamos a pelear!” – dijo – “este es
asunto de hombres, nada tiene que ver con la justicia. El Gobernador quiere los
montes para el. Yo los quiero para mí. Además no hay peligro: dirán que fue la
gente de Gudilio Zamora”. Fuimos en
camionetas al burdel. El patrón pago.
Pensando en que a Gudilio Zamora lo seguía la tropa me fije
que las muchachas tenían mas carne que mis hermanas. Algunas parecían idas. Otras
simulaban ser ganosas pa sacarle a uno los centavos. Me toco una más apagada
que yo. No pude, me deje y me gusto. Ya tendría en que gastar los centavos
cuando me sintiera muy solo. Mientras se lavaba la raja, le pregunte si Gudilio
Zamora iba allí. –“Gudilio quiere a la gente y la gente lo quiere a él, por eso
no viene aquí. Lo van a mater y a cuanto campesino lo siga. – “Yo voy a matar
soldados” – le dije para sentirme cerca de alguien. –“No les importa quien
caiga, dirán que fue Gudilio. “¿Por qué vas?” – “Adonde más voy” – le pregunte
sincero a ver si me daba una respuesta. – “Tienes razón” – contesto –“Es
igual”. Quise saber si allí iban los soldados y como eran... Dijo “si, juntos
hacen ruido, solos no tienen cara, pareces sombras hambrientas. No miran de
frente”-
El Patrón aseguro que no iban arriesgar mucho ejército pues
no les convenía, a los más un pelotón. Éramos doce en el aserradero, tenía
miedo, me golpeaba ser usado igual que mi viejo y los soldados. No me habían
hecho ningún daño. De suerte llegaron a traición, de sorpresa y disparando
ciego. Quemaron el aserradero. El Gobernador se quedó con el monte y yo
proscrito como una de las gentes de Gudilio Zamora. Al patrón lo mataron en la
carretera, se dijo que fue un accidente. Dese entonces ando en la sierra. A
veces me dan de comer porque digo que soy de ustedes, otros se niegan. Ya me
canse de andar solo en esta inconformidad, hare lo que ustedes manden.
¿Sabes leer? – Pregunto uno de ellos – “si” – contesto el
campesino agradecido. –Esto es en serio- le dijeron al ponerle el brazo al
hombro, -hay que aprender muchas cosas. Le dieron un manifiesto. Brigada
campesina de ajusticiamiento del partido de los pobres. –Paso la noche
llorando, tuvo visiones; sus hermanas peinadas y con zapatos nuevos, el padre
manejaba un tractor, la cara al sol. Los jilotes crecían hasta las nubes y
había mucha comida entre las milpas para todos. En la mañana hubo que
esconderse, avisaron que los soldados estaban cerca. Mientras huyen pregunta
¿Pues qué no se trata de matar al gobierno? –Uno de ellos contesta- ¡no somos
asesinos! Solo si tocan a Gaudilio Zamora entonces ¡verán! Guamaro Encinas se
sintió hombre, amado por hombres. –Ahora si quiero vivir- grito a su compañero,
mientras cuidaba que el rifle no se le cayera.